El Movimiento Socialista ha ido ganando protagonismo en la acampada de Sol. Son comunistas vinculados al GKS, ex de la izquierda abertzale, que tiene en vilo a la universidad vasca y acusan al Gobierno de ser el culpable de la situación. También de la que sufrió Maricarmen Abascal.
Crítica a la izquierda tradicional
En una de las puertas de la infraciudad construida en la Puerta del Sol tras el desahucio de Maricarmen Abascal, varios jóvenes custodian una de las mesas propagandísticas por las que hay que pasar para tener acceso. «Aquí hemos venido a luchar», enardecen los pasquines del Movimiento Socialista, una organización prácticamente desconocida hasta saberse el drama de la mujer de 87 años, pero que, blandiendo sus banderas rojas, ha ido adueñándose del espacio público y ensanchando su base a medida que transcurrían los días en el campamento. Resulta hipnótico el movimiento de una de las chavalas, sobreestimulada, con un aplomo y un desparpajo en el manejo de la ironía comunista que harían palidecer a la mismísima Irene Montero, que probablemente no sea capaz de vislumbrar el descomunal ridículo que ha hecho días antes al presentarse en el centro de Madrid para capitalizar electoralmente el lanzamiento.
La joven todo lo aplaude, todo lo discute, todo lo sentencia. «La revolución es posible», proclamará. Y despachará con displicencia a un señor entrado en años que se disponía a alardear de su disidencia franquista y que acabará escondiendo su carné del PSOE en el forro de la faltriquera mientras escapa con disimulo. «Ha salido todo genial», le comentará a una compañera poco después de que se haya anunciado la convocatoria de una huelga general. La redactora quisiera preguntarle a qué se refiere, pero el Movimiento Socialista, pese a ser apenas emergente, está regido por una disciplina interna rigurosa y veterana, y sus militantes saben que no pueden expresarse libremente ante los medios sin permiso de una superioridad inconcreta pero eficaz.
La visión del Movimiento Socialista
Finalmente, no hablará ella con Crónica, pero sí otros tres activistas escogidos que, con el mismo entusiasmo que ella, desprecian a los socialistas, a los podemitas y a los sumarianos por igual. Son «marxistas revolucionarios» y eso los retrotrae a la nostalgia por la Comuna y a la Rusia de 1917 que llevó a la URSS, a la China de Mao y a la revolución cubana. Lo demás son contaminaciones, traiciones y arribismos.
«Ninguno de los partidos del Congreso representan los intereses de la clase trabajadora, ni Montero, ni Iglesias, ni Sumar… En todos ellos se ve una deriva oportunista. Ahora que temen el rechazo electoral, están intentando volver a las calles que abandonaron… Tenemos que señalar a los verdaderos culpables de esta situación entre los que se encuentran el Gobierno del PSOE y Sumar… Y si nos quieren utilizar, van listos. Una de nuestras pancartas dice ‘Sois Sumar responsables de nuestra miseria’. Va a ser difícil que se interprete otra cosa», componen entre los tres.
Hablan Libertad Morquillas, de 30 años, una burgalesa que trabaja en un hospital de Torrejón; Diego Esteban, biólogo y profesor de inglés, de 28 años; y Carlota Fabel, profesora de 28 años. Rafa, que trabaja en una multinacional tecnológica en el top del capitalismo porque «de algo hay que comer», ejercerá de jefe de prensa y advertirá de que va a grabar el encuentro para así poder mejorar futuras entrevistas, y solicitará, ya veremos por qué, que no se vincule al movimiento con ETA porque nació cuando la organización terrorista ya había desaparecido.
Ninguno de los tres se incorporó al Movimiento Socialista tras experimentar una circunstancia traumática concreta o algún tipo de detonante emocional cercano, aunque los tres aseguran haber sido testigos de situaciones injustas que han apelado a su sensibilidad. Libertad, de familia de izquierdas, cuenta que participó en el 15M con 15 años y que se hartó de ver, tras pasar por múltiples asociaciones, «como todas esas luchas justas en las que lo dimos todo, no conseguían llevar a ningún lado» y cómo «un montón de esperanzas se acabaron canalizando en una apuesta institucional incapaz de conseguir mejoras mínimas y que lo que hacíamos era aupar a partidos que eran incapaces de conseguir nada».
Diego habla también de esa frustración de haber encontrado límites para la justicia social y del comunismo como «el gran río al que van todos los afluentes de todas esas luchas parciales que aisladamente no tienen capacidad de superar el sistema capitalista». Y Carlota explica que su militancia en el Movimiento se inició «por una cuestión de seriedad. Porque estaban donde tenían que estar y estaban dispuestos a poner los medios para hacer lo que dicen».
Se ha escrito de ellos que son antiespañolistas, que son antisistema. Ellos no lo niegan y añaden que son internacionalistas, como el comunismo más tradicional, y luchan por recuperar el concepto de lucha de clases. Argumentan que su aspiración es construir un partido de masas de alcance europeo, «al nivel al que está organizada la burguesía», porque han de hacer frente al Banco Central y a la Comisión Europea; que se extienda por todas las esferas de la sociedad, que aglutinará sobre todo a los desencantados de la socialdemocracia que ya van organizándose en cada uno de los países, y cuyo fin es revolucionario, es decir, pretende «la toma del poder político por parte de la clase trabajadora para que el sistema se ordene en función de las necesidades de una mayoría social y no de las necesidades de acumulación del capital».
Su origen está en el País Vasco, pero el movimiento en los últimos tres años ha ido creciendo hasta establecerse principalmente en Galicia, en Cataluña al provocarse la escisión de Arran y en Madrid. Se las tuvieron a cara de perro recientemente con el PCE, sobre el que realizan una crítica descarnada porque «hace propia la gestión del Estado y se hace responsable de medidas de miseria».
De hecho, sólo contemplan la entrada en las instituciones «como un medio de propaganda y de agitación», no como la izquierda actual que entra «para conseguir medidas que acaban convirtiéndose en fines en sí mismos y acaban obligando a la renuncia de ciertos principios revolucionarios para poder estar en ellas».
Los comunistas mainstream les advirtieron de que ellos ya habían estado en su posición y de que «nunca una voz comunista iba a tener un alcance mínimamente masivo, que estábamos destinados a la irrelevancia, al sectarismo, que no íbamos a conseguir crecer». Y aquello acabó como el rosario de la aurora, de modo que la izquierda no tan radical les acusa de reventar y fagocitar por donde pasan para seguir engordando.
Aprendieron del 15M también que las estructuras con carácter asambleario no funcionan y reconocen que sus tomas de decisiones responden a una jerarquía, pero, como si trabajaran en la clandestinidad, no hay modo de que expliquen cuántos militantes tienen, cómo toman las decisiones ni quién o quiénes les lideran a nivel nacional y cómo son elegidos. «Todo lo que hacemos, lo hacemos de un modo centralizado y democrático», zanjan.
Los orígenes primigenios del Movimiento Socialista se encuentran en el Ikasle Abertzaleak, sindicato estudiantil surgido en 1988 e insertado en la izquierda abertzale cuando ETA asesinaba. En 2018, cuando Sortu llevaba ya siete años en las instituciones, se desvincularon del partido y su ruptura fue traumática. Desde entonces, las luchas para hacerse con cualquier tipo de espacio entre los comunistas, bajo las siglas de GKS, y los seguidores de Ernai, sus homólogos nacionalistas que decidieron quedarse en Sortu, han sido brutales.
Por poner un ejemplo, este verano los independentistas vetaron la presencia de los comunistas en los espacios festivos de Vitoria y Bilbao, lugares donde recaban seguidores y financiación, y escritores de la talla de Bernardo Atxaga quisieron salir públicamente a denunciar su arrinconamiento.
Pero es en la Universidad del País Vasco donde esta batalla enconada ha tenido resultados más alarmantes. En el lugar donde los comunistas de GKS son lo suficientemente fuertes y tienen bastante respaldo como para demostrar su modo de funcionamiento en el mundo real, profesores de todas las sensibilidades políticas hablan de un clima de coacción y competición feroz entre ambos grupos. Tres exdecanos y cuarenta docentes han sido señalados y algunos denunciados; aparecen pintadas tachando a los profesores de sionistas o machistas o tránsfobos y poemas de hace 2.200 años han sido censurados. No se puede hablar de la Unión Soviética ni de China y mucho menos de los millones de asesinatos perpetrados por estos regímenes en nombre del proletariado. Se interrumpen las clases y las reuniones de decanato para realizar proclamas… El catedrático Santiago de Pablos ha utilizado el término de «esquizofascismo» para definirlos y el que fuera vicerrector, Antonio Rivera, les llama «paleocomunistas» y estalinistas.
Crónica les pregunta su opinión sobre esta situación y sobre el origen de su socio en el País Vasco. Sobre lo que ocurre en la universidad no habrá mención. Respecto al origen primigenio, Carlota recuerda que el Movimiento Socialista en Madrid apenas tiene tres años y Rafa apunta que ETA no existía cuando nació. Es cierto que la marca general no se crea hasta febrero de 2019, pero la ponen en marcha Ikasle Abertzaleak y GKS en Pamplona. «Surgimos de una ruptura con ese paradigma, ellos con Sortu y nosotros con la socialdemocracia. En Euskal Herria se han hecho lecturas muy críticas sobre el proceso de lucha del que vienen», explicarán Libertad y Diego.
-No es proceso de lucha, es terrorismo. ¿Lo podéis llamar así?
-Creo que nosotros ya hemos respondido.
La respuesta de todos ellos es pausada. Se lamentan de que se les quiera criminalizar con ese asunto, pero responden a todo con total cordialidad. Hay un esfuerzo por combatir a quienes quieran relacionarles con comportamientos violentos que, aparte de los excesos en el País Vasco, no constan. Sin embargo, algunos de los miembros del Movimiento alardean de estética antisistema y un punto borroka. En la manifestación organizada el viernes 3 por la noche, al menos una decena de sus activistas se colocaron tras una pancarta de banderas rojas con el rostro cubierto y vestidos de oscuro para evitar ser reconocidos. Desde el Movimiento Socialista sostienen que los manifestantes de primera línea lo que pretendían era no salir en televisión y se desvinculan del grupo que el sábado fue contenido por la Policía para evitar el choque con manifestantes de la extrema izquierda.
De regreso al asunto de la vivienda, los activistas del Movimiento Socialista consideran que sólo podrá solucionarse con expropiaciones, con la prohibición del uso especulativo y con una planificación racional con el objetivo de que «todo el mundo tenga una vivienda garantizada». «La vivienda no ha de ser un bien de mercado con el que se pueda especular».


