Pocos eventos resultan tan aprovechables para quienes elaboramos programas informativos en la televisión que la Fiesta Nacional del Doce de Octubre. Los cuchicheos entre políticos en las gradas instaladas para asistir al desfile militar, los saludos helados entre personalidades que se desprecian, la peripecia anual del presidente para distanciarse de los abucheos, el fervor que generan las unidades militares más populares… Y después, la recepción en el Palacio Real, en la que los reyes y sus hijas ponen a prueba la resistencia de sus respectivos brazos derechos para estrechar las manos de los cientos de invitados, deseosos de que ese fugaz instante quede inmortalizado por los flashes, mientras las mentes más calenturientas tratan de encontrar un gesto, un mohín o un guiño del que extraer sesudos análisis políticos.
Si todo eso ocurre en cada Doce de Octubre, el de hoy provocará esas y otras peripecias por duplicado, ante la cercanía de las elecciones. «¿Tú cómo lo ves?» será la pregunta más intercambiada entre quienes deambularán este mediodía por las estancias de Palacio. Las respuestas tenderán a expresarse más entre susurros que a voz en grito, porque los sondeos aparentan ser muy claros –hay quien quiere verlos prematuramente definitivos, a 48 días del 29N–, pero quien no haya aprendido las lecciones del pasado asumirá el riesgo de llevarse una sorpresa cuando llegue la noche de autos y se hayan contabilizado los votos.
Hace bien Feijóo en rebajar la densidad de los humos autosuficientes que las encuestas pueden provocar en la sede de Génova, con una larga lista de dirigentes que se consideran ya con derecho a despacho ministerial. Alguno incluso se imagina cartera en mano. La prudencia del líder popular fue oportuna, cuando se dirigió la semana pasada a la dirección de su partido. Y contrasta, sin embargo, con la tradicional temeridad de Sánchez y sus defensas centrales más leñeros, que auguran una segura victoria del PSOE, en línea con las perspicaces predicciones de Tezanos.
Recomendación a estas alturas de la precampaña: nadie debería descartar esa posibilidad, dada la tradicional capacidad de la derecha para autolesionarse conforme se acerca el día de votar.


