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Sarina Castagnoli: la chef que transforma tartas en arte

La repostería que embellece nuestras fotos de infancia ha evolucionado hacia una nueva tendencia de pasteles celebratorios, que fusionan el gusto por lo retro con una vanguardia irreverente. Este cambio se debe a que quienes los hornean, como Sarina Castagnoli, pertenecen a la generación Z o a la milenial tardía. Los postres que inundan Instagram son ahora verdaderas obras de arte, apreciadas tanto por celebridades como por el público en general.

El inicio de una nueva ocupación

Sarina Castagnoli, nacida en Buenos Aires en 1992, se encontró con su vocación por la repostería tras trabajar como chef en Argentina. Su carrera despegó en Madrid, donde se unió a Fondo Supper Club, un proyecto que une arte y gastronomía. Allí, comenzó a crear postres para cenas en galerías de arte. “Sara es medio argentina y tenemos muchos amigos en común, así que un día vino y me pidió que me encargase de su tarta de bodas. Yo entré en pánico porque nunca había hecho una tan grande, para ciento cincuenta personas”, recuerda Castagnoli.

El resultado fue una tarta de varios pisos, diseñada con una estructura de tubos y cartones. “Era una tarta de no sé cuántos pisos creada con una estructura de tubos y cartones. En realidad nunca había hecho nada similar, pero me encanta trabajar con las manos, así que me puse a ver tutoriales en YouTube para conseguir que se mantuviese en pie”, explica la chef. El éxito de esta creación la llevó a recibir cada vez más encargos, que se convirtieron en una parte importante de su vida.

Creatividad y desafíos en la repostería

Con el tiempo, Castagnoli comenzó a recibir hasta veinte encargos al mes, lo que la llevó a dejar su trabajo a tiempo completo en un obrador. “Llegaba a casa y me ponía a currar hasta la una o las dos de la madrugada”, recuerda. Sus tartas, inspiradas en formas, lugares y recuerdos, requieren de un proceso creativo que a veces se complica por la falta de tiempo. “Yo en mi casa solo tenía un horno, así que horneaba primero un bizcocho, luego otro y luego otro… Al día siguiente, cuando ya se habían enfriado, me dedicaba a hacer el relleno y el tercer día los decoraba, mi parte favorita”, explica.

Castagnoli utiliza herramientas como la KitchenAid y la Thermomix para facilitar su trabajo. “Tengo también un aerógrafo”, añade. La decoración es una parte crucial de su proceso, donde deja fluir su imaginación, aunque esto conlleva riesgos. “Hay gente que usa bocetos, pero yo agarro la manga pastelera y dejo que mi imaginación haga el trabajo. Pero esto conlleva un riesgo porque a veces me trabo cuando estoy decorando y, si sale mal, ya no puedo volver atrás”, confiesa.

La chef también se enfrenta a desafíos logísticos al transportar sus creaciones. “El otro día me pidieron que llevase una al campo, a cuatro horas en coche”, relata. Para ello, diseñó una caja térmica que asegurara la integridad de la tarta durante el viaje. A pesar de los contratiempos, como el que vivió al llevar una estructura enorme de poliespán a Galicia, Castagnoli mantiene una actitud positiva hacia la efimeridad de su trabajo. “Esta caducidad anunciada nunca ha sido un problema para mí”, asegura.

En su nuevo taller, Chaíz Estudio, Castagnoli continúa creando tartas que no solo son un deleite visual, sino también un placer para el paladar. Su enfoque combina lo antiguo con lo moderno, buscando siempre sorprender a sus clientas. “Me gusta mezclar lo antiguo con lo moderno. El otro día vi de nuevo Cisne negro y el momento en el que la madre de Nina le regala una tarta se me quedó grabado”, recuerda la pastelera. Así, cada creación es una nueva oportunidad para explorar su arte y compartirlo con el mundo.

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