Había ganas, y se notó. Ceuta llevaba 19 años esperando que un Rey volviera a visitarla, aunque lo que más largo se ha hecho han sido los últimos 75 días, desde que el 30 de julio unas 100.000 personas invadieron su territorio sin que ninguna fuerza del orden opusiese resistencia. La ciudad autónoma, como Valencia cuando la dana, se ha sentido sola y abandonada durante todo este tiempo.
La ciudad está herida, y así lo expresó con rotundidad su alcalde-presidente, Juan Jesús Vivas, delante de los Reyes en el salón del trono de la Asamblea de Ceuta, el primer punto de su periplo por la ciudad. Durante semanas, miles de personas deambularon por sus calles y alteraron drásticamente su forma de vida. Pero el problema está lejos de resolverse: los jóvenes que antaño ocupaban parques y playas han sido trasladados a campamentos alejados del centro. La crisis ya no es tan evidente. “Han guardado la mierda debajo de la alfombra, pero eso no es limpiar”, se queja Miguel Ángel, un vecino.
Aparte de los desalojos forzosos llevados a cabo por el Gobierno durante los días previos a la visita de los Reyes, la ciudad ha puesto un especial empeño en mostrar sus mejores galas este 13 de octubre: el agua ha vuelto a sus fuentes, las flores a sus jardines e incluso había operarios pintando líneas de tráfico en pleno día de la Hispanidad. Y todo ello, en consecuencia, ha dejado una sensación agridulce entre los lugareños. “Si los Reyes ven todo tan bonito y cuidado, van a pensar que aquí nos quejamos por vicio”, se queja Yasmina.
Y en eso no le falta razón. Los Reyes visitaron este martes el centro histórico, que estaba impecable, y luego un colegio y un cementerio musulmán. Fueron aclamados a su paso por cientos de personas de todos los orígenes y religiones, pero no llegaron a ver la realidad más lacerante de Ceuta. El centro de primaria Vicente Aleixandre, recién pintado para la ocasión. El cementerio, sin una piedra fuera de sitio. Demasiada perfección para una ciudad que todavía alberga en sus entrañas alrededor de 15.000 inmigrantes ilegales, que cuenta con una decena de campamentos para la mayoría de ellos, que aún tiene tiendas de campaña y chabolas improvisadas en un par de ubicaciones y que cuenta con barriadas como El Príncipe o Los Rosales donde es imposible determinar cuántos de los jóvenes que inundan sus calles llegaron el 30 de julio.
Por no hablar de las impresionantes medidas de seguridad que se han puesto en marcha para esta visita: 1.800 efectivos desplegados por sus calles para proteger a los Reyes mientras en los puestos fronterizos de El Tarajal o Benzú apenas se ha reforzado la vigilancia desde la invasión y, por supuesto, ni siquiera han comenzado las obras de mejora prometidas.
Quizás conscientes de todas estas contradicciones, los Reyes se emplearon a fondo durante su visita. Ni un mal gesto, ni una mala palabra. Saludaron a todo el que quiso, se hicieron…


