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Viene de lejos, por Félix de Azúa

Ilustración generada mediante IA.

La mala suerte de los españoles con sus dirigentes no es novedad. Nuestro actual autócrata viene a ser una caricatura de Fernando VII, el rey felón del siglo XVIII, pero el asunto es mucho más antiguo. Todos conocemos el célebre verso del Cantar de Mio Cid que ya entonces decía: «Dios, ¡qué buen vassallo, si oviesse buen señor!». Desde sus mismos orígenes, cuando estaba naciendo la España histórica, con media península ocupada por el islam, sus mejores ciudadanos ya entonces estaban sometidos a mentecatos.

No es baladí. El ejemplo de los mejores, faros que iluminan la vida de los demás, los «claros varones», ha sido un emblema desde la Edad Media, aunque su origen seguramente es homérico. Los que están al mando han de dar ejemplo, es su deber ser ejemplares. No es algo arcaico. En la actualidad sigue siendo enteramente válido, con la peculiaridad de que ahora los ejemplos que se siguen son los del cine, los del deporte o los de la moda. Hay un extraño corrimiento de los valores que no es fácil de entender.

Es claro que el paso de ejemplos heroicos a ejemplos pequeñoburgueses produce sorpresa y algo de risa. Pero también es cierto que, aunque han cambiado los modelos ejemplares, sigue presionando su necesidad. La gente ha de admirar a alguien, mirarse en ese espejo; si no, se entristece hasta la médula. Un ejemplo: acaba de estrenarse el circuito de coches de carreras de Madrid y era muy bonito ver cómo los dos «ejemplos» españoles, Alonso y Sainz, eran admirados y queridos y recibidos en triunfo por sus majestades, a pesar de no haber ganado una carrera desde hace diez años y haber quedado en los puestos 17 y 18 o algo parecido en esa competición. ¡Pero son modelos, son ejemplos para la gente ilusionada!

Lo mismo sucede con algunos deportistas, o con esos actores y actrices que empiezan a tener sobre los ochenta años y, sin embargo, atraen masas entusiastas cada vez que aparecen en público. Es una señal del hambre de héroe que sacude el alma de las masas, su necesidad de admirar a alguien. La gente está dispuesta a adorar a una rabiza descuajeringada con tal de llevarse algo a la reseca alma admirativa.

La explicación de tan curiosa frivolidad sobre un asunto sumamente serio es que quienes deberían dar ejemplo, los jefes, no lo dan. No hay un solo político, figura pública, director de las instituciones o responsable del Estado que tenga la menor posibilidad de aparecer como ejemplo ante las masas. Cabe hacer la salvedad de la familia real española, la única institución que ha conservado la dignidad y todavía es evidente el cariño que les dedica la población.

«No hay un héroe desde hace siglos en la política española»

Los últimos ídolos políticos, es decir, hombres de Estado respetados y amados, fueron Churchill y De Gaulle porque ganaron una guerra y tenían buena retórica. No vale Stalin porque era heroico por obligación y con…

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