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Venezuela tiene con qué

Estudiantes asisten a clases dentro de un aula temporal en el primer día del nuevo año escolar en La Guaira, VenezuelaAFP

Hay países que han visto caer sus ciudades bajo las bombas de guerras fratricidas. Otros han padecido terremotos, inundaciones, deslaves y huracanes que arrasaron casas, puentes, escuelas y hospitales. Y hay naciones sometidas a una devastación de factura humana: la que dejan las cleptocracias cuando convierten el poder en licencia para robar, perseguir y saquear. Venezuela conoce esas heridas. Las ha soportado en la oscuridad de sus hogares, en los hospitales sin insumos, en las aulas deterioradas, en las fábricas silenciosas y en la tristeza de las familias separadas por el exilio.

La historia enseña que los pueblos pueden levantarse. Europa, devastada por la Segunda Guerra Mundial, recibió entre 1948 y 1951 el impulso del Plan Marshall. Aquel programa movilizó recursos, cooperación y una voluntad compartida de reconstruir economías, infraestructura e instituciones. Su lección conserva plena vigencia: la ayuda externa alcanza su mejor resultado cuando encuentra ciudadanos dispuestos a trabajar, gobiernos sujetos a la ley y metas públicas capaces de convocar confianza. Venezuela puede aprender de esa experiencia y adaptarla a su realidad. Nuestra reconstrucción requerirá un plan nacional, democrático y transparente; un acuerdo de largo aliento que una a quienes viven dentro del país con la diáspora que ha sembrado capacidad, disciplina y prestigio profesional en los más diversos rincones del mundo.

Porque Venezuela tiene con qué.

Tiene petróleo, gas natural, hierro, oro y otras riquezas minerales cuya explotación debe responder a criterios técnicos, ambientales y de interés nacional. El aprovechamiento de esas reservas exige capital, gerencia profesional, tecnología, reglas previsibles y vigilancia ciudadana. El petróleo debe volver a ser palanca de progreso, administrada bajo controles que impidan convertirlo en alcancía de una camarilla. Cada barril producido con transparencia debe traducirse en agua, electricidad, empleo, educación, salud e infraestructura.

Tiene, además, un recurso que vale tanto como sus yacimientos: su gente. Millones de venezolanos desplazados han cargado la nostalgia de la distancia y han debido abrirse camino en circunstancias duras. En ese tránsito han acumulado conocimientos, oficios, experiencias empresariales, redes profesionales y proyectos. Han tenido que echarle piernas a todo. Ese talento, unido al de quienes resistieron en la patria, formará una de las columnas centrales de la recuperación.

Quienes preguntan de dónde saldrán los recursos para instalar taladros, reparar tuberías, refinerías, plantas eléctricas, escuelas, hospitales y acondicionar vías, tienen razón al exigir una respuesta seria. La cifra final deberá surgir de inventarios, auditorías independientes y planes sectoriales rigurosos. Se han mencionado cantidades cercanas a los 150 mil millones de dólares para recuperar la reactivación de la industria petrolera; cualquier cálculo responsable deberá desagregar costes, plazos, retornos y salvaguardas. Buena parte de ese capital puede provenir de empresas dispuestas a invertir y hacer negocios legítimos. Venezuela puede abrir oportunidades lícitas, rentables y transparentes, sostenidas por contratos respetados, un sistema de justicia independiente, propiedad protegida y un gobierno legítimo.

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