Ilustración generada mediante IA.
La Asamblea anual de la Organización de las Naciones Unidas culminó la semana pasada, como era de esperar, sin arrojar no ya soluciones, sino al menos alguna esperanza sobre el futuro de las relaciones internacionales. El debate más fructífero, del que la opinión pública no conoce mucho, tuvo lugar en la Casa Blanca entre Trump y Xi Jinping. La eventual paz en la guerra de los aranceles, si se confirma, no será al fin y al cabo sino el retrato robot del nuevo reparto imperial del mundo.
La Historia moderna enfatiza la desaparición de los imperios tras las revoluciones americana y francesa, que habrían sentado las bases reconocibles de los Estados nación como protagonistas del orden internacional. Pero el imperialismo occidental, desafiado en América Latina, se expandió después en África y Asia. Las nuevas generaciones no son conscientes de que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, Argelia era una provincia francesa que no obtuvo su independencia hasta 1962, y la India y Pakistán pertenecían por entonces al imperio británico. A comienzos de los años 70 del siglo pasado, en las aduanas de Lisboa lucían también los anuncios en los que se pregonaba «Portugal no es un país pequeño» sobre un mapa que incluía la Portugal ibérica junto con la provincia de Angola, independiente al fin en 1975. Tras la victoria aliada, se consolidaron las posiciones norteamericana y soviética, convertida Europa en un protectorado de Washington o de Moscú de acuerdo a los límites geográficos.
Después de la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS, algunos, con Fukuyama al frente, profetizaron el fin de la Historia y Washington padeció el espejismo de poder gobernar en solitario un mundo unipolar. El espectacular despegue de la China posterior a Mao, que en apenas medio siglo se ha convertido en la primera potencia tecnológica mundial y disputa a los Estados Unidos su liderazgo económico, anuncia el significado político de la nueva civilización digital, cuyo último espectacular producto, la IA, acumula tanto gigantescas esperanzas como temores casi apocalípticos expresados por sus propios promotores.
Nada de esto es tan nuevo como algunos creen. Ya desde la invención de la rueda, hace más de 3.000 años, los egipcios se resistieron a usarlas, hasta el punto que levantaron sus pirámides sin recurrir a ellas, al tiempo que lamentaban que su expansión pudiera acabar con la riqueza del comercio fluvial. La invención de la imprenta alumbró también una nueva civilización, favoreció la libre interpretación de los libros sagrados y la conquista de la libertad a través del conocimiento. Como consecuencia, surgieron las guerras de religión, el poder político y religioso ejerció una censura casi criminal, quemando miles de libros e incluso a sus autores, y pasaron más de 200 años hasta que la Ilustración alumbrara el orden y el progreso que terminarían por fructificar en las revoluciones que propiciaron la democracia liberal. Aunque todavía pasarían más de cien años antes de que en ella pudieran votar las mujeres.


