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La soledad de España, por Antonio Caño

España se encuentra en el momento de mayor aislamiento internacional justo cuando hace frente a la peor crisis de envergadura geoestratégica que ha conocido en toda su vida democrática. Una sucesión de errores de este Gobierno, que usa la política exterior únicamente como un campo de proyección de Pedro Sánchez, junto a una indefinición de nuestra posición en el mundo que viene de lejos, han conseguido que España se vea sin aliados significativos cuando más los necesita.

La semana pasada, casi dos meses después de la invasión permitida o auspiciada por Marruecos, visitó Ceuta por primera vez un representante europeo. Y no fue acompañando a un ministro, sino al líder de la oposición. Cuando en septiembre de 2023 miles de inmigrantes llegaron ilegalmente a Lampedusa, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se desplazó inmediatamente a la isla como muestra de solidaridad con Italia. En el caso de Ceuta, en lugar de apoyo, lo que ha recibido Sánchez es una carta de 22 primeros ministros europeos de derecha a izquierda en la que recordaban que «no podemos permitir que cruces masivos e incontrolados, la instrumentalización de la migración u otras amenazas híbridas creen la percepción de que la entrada ilegal en la Unión Europea es posible». En esa carta se aludía a que la decisión del Gobierno español de regularizar, unos meses antes, a cientos de miles —tal vez dos millones— de inmigrantes ilegales había sido un «factor de atracción» para entrar ilegalmente en territorio español y europeo.

Esa regularización ha sido uno de los grandes desencuentros de Sánchez con sus socios europeos. Pero ha habido otros y no menos importantes: su política de aproximación a China, divergente de la de la mayoría de los Estados de la Unión, y sus reticencias a contribuir a la defensa europea común con el pretexto de no seguir las indicaciones de Donald Trump. La acumulación de casos de corrupción en España y la percepción de que Sánchez está alineado con los más extremistas enemigos de Israel, incluidos países y organizaciones con los que Europa no simpatiza, han contribuido a un alejamiento del Gobierno español del núcleo dirigente europeo y de las políticas dominantes en la UE.

Simplemente esto sería una señal de alarma para España, cuya seguridad, economía y relevancia internacional están casi al 100 % condicionadas a su pertenencia a la Unión. Pero es que no es el único contratiempo sufrido por nuestra política exterior en los últimos años. Hay que sumarle primordialmente el enfrentamiento abierto con el presidente de Estados Unidos, pero también la reducción de nuestras estrechas relaciones tradicionales con América Latina a vínculos ideológicos que nos otorgan el favor de los que comulgan con la política de Sánchez, la hostilidad de aquellos que no lo hacen y el desinterés de la mayoría. No olvidemos que a la última Cumbre Iberoamericana acudieron, además del Rey, el país anfitrión (Ecuador), el presidente de Portugal (que no es un cargo ejecutivo) y el jefe del Gobierno de Andorra.

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