Ilustración generada mediante IA.
Dentro de unos meses, cuando Pedro Sánchez salga de Moncloa, cercado por el anillo judicial que se estrecha a su alrededor, publicará uno de esos libros de exlíder que no lee nadie (ni escribe el autor). Podría plantearse Pedro Sánchez firmar un libro a cuatro manos con José Luis Rodríguez Zapatero, el ideólogo del proyecto de deslegitimación de la derecha que secunda el Gobierno actual. Paradójicamente, la izquierda española, es decir, el PSOE, es hoy un ente que no podemos seguir llamando partido político y, entre tanto, la derecha —incluso con el pegote voxista— da la impresión de estar en plena forma.
Mientras se prolonga el mandato del actual Gobierno, que percibimos ya tan largo como un discurso de Fidel Castro en bucle, nuestro país se ha contagiado del presentismo hueco que caracterizaba al propio Zapatero —«Somos la envidia de Europa», «La próxima legislatura lograremos el pleno empleo y no lo quiero con carácter coyuntural, sino definitivo», «Los discursos conservadores están faltos de amor», «¡No sabéis cómo se puede disfrutar de la democracia!», «Conviene que haya tensión y este fin de semana voy a dramatizar un poco», «Una persona en paro está formándose y trabajando para su país», «Sonsoles, si yo he podido, cualquiera puede ser presidente»—, pero con ese plus de decadencia agresiva que aporta el sello sanchista.
Bajo este socialismo agonizante, nada conduce a nada. Nada forma parte de nada. Solo existe cada segundo concreto, aislado en el tiempo. El sanchismo siempre está en la franja de la publicidad. Y solo hay un objetivo: el continuismo de lo que veníamos llamando «la izquierda» y que en España se va pareciendo a un hato de bandoleros malencarados de una película del oeste, buscados por el sheriff por decenas de delitos, pero inexplicablemente en libertad.
La cruel ironía es que, mientras el antifranquismo ha sido la justificación moral de la izquierda española durante medio siglo de democracia, todos los gobiernos socialistas —y este de manera marcada— comparten un planteamiento estructural que remite al sistema de gestión del régimen franquista: control institucional, gobierno por decreto, intervencionismo económico, vigilancia de la prensa, personalismo autorreferencial, perpetuación en el poder. Sin llegar a la simpleza de asegurar que Sánchez sea un Franco, las inercias gubernamentales del régimen franquista parecen más resistentes de lo que los españoles estamos dispuestos a admitir. Diríase que un armazón democrático puede construirse con rapidez, pero que la memoria colectiva de las cúpulas políticas revierte indefectiblemente a ese periodo dictatorial no tan remoto.
Dicho esto, el país donde vivimos hoy es el de la revancha belicista soñada por Zapatero, cuya lógica, como estamos viendo en el caso Joyas, es borrosa en el mejor de los casos. Por eso asombra que España avance hacia el modelo de nacioncita que soñó nuestro primer presidente antisistema: un país desgajado del mundo, una burbuja anacrónica incapaz de sintonizar con el resto de Occidente. Lejos de ser en estos momentos un país homologable, no engañamos a nadie en cuanto a la…


