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El sanchismo huele como Ceuta

Nos dicen que no, pero en el PSOE y en el Gobierno se ha instalado una atmósfera de paranoia colectiva, una percepción de fin de ciclo irreversible. La revelación que hoy hace Vozpópuli sobre las deserciones de altísimos funcionarios en el Ministerio de Óscar Puente es más que sintomática. Huidas de interventores para no contaminar más sus carreras, funcionarios que se lo piensan dos veces antes de firmar papeles, rebelión interna, en definitiva. Y descomposición. Mucho sumiso y mandamás en busca de calorcito de gobierno empieza a saltar del barco que irremisiblemente se hunde. El césar augusto cada vez confiesa su fingida resiliencia a un menor número de confidentes de su núcleo duro, que se descompone por días porque nunca lo hizo, pero ahora ya no se fía absolutamente de nadie. En cada ministro ve un traidor. Debe ser frustrante pensar en quién será el siguiente en desmarcarse, en tratar de salvar algo de su futuro profesional fuera de la política, en buscar refugio donde sea posible.

Ver al Pedro Sánchez más impostado de la legislatura ya produce eczemas hasta en los diputados aplaudidores más fervientes. Pero se les nota desfondados. El sanchismo huele como Ceuta. A degradación por horas, a putrefacción sistémica. ¡Cómo pudo pensar un día que una invasión masiva, así lo ha definido la Unión Europea esta semana, iba a ser comprendida por el resto de España, por Europa o por el propio PSOE pese a su inclinado arrodillamiento ante el líder supremo! ¡Cómo pudo creer que sacar a 80.000 invasores marroquíes debidamente organizados iba a ser cosa de dos días, que se iba a sacudir las palmas de las manos y a otra cosa! ¿Otra crisis resuelta por la fábrica sanchista en dos días? Un visionario Puente, sí.

La legislatura ya acumula demasiados puntos de inflexión, y Sánchez no termina de disolver las Cortes de pura obsesión enfermiza por asirse al poder. La enternecedora carta de amor a Begoña Gómez y aquel “merece la pena continuar” fue el primero. Salió mal, y ahí está la mujer, en un banquillo de los acusados por corrupción pendiente de un jurado. Mal día eligió la izquierda en 1995 para ensalzar aquello de que la justicia emana del pueblo y por tanto el pueblo dicta el veredicto. El segundo punto de inflexión fue Paiporta. Salió peor, y hoy Sánchez no puede pisar la calle. El tercero, Ceuta. Y ciudadanos sin rubor, a izquierda y derecha del espectro ideológico, lo han llamado “perro” y “traidor”. Sin filtros, en directo, en voz alta, indignados, sin importarles las consecuencias. Llamar traidor a un presidente del Gobierno es verdaderamente grave. Pero el sentimiento es creciente y ocultarlo bajo la alfombra de un relato que no se sostiene, y que además apunta a ser penalmente relevante, no tiene sentido político ni estratégico alguno. El problema es que Sánchez ya se equivoca demasiadas veces y su partido lo sabe. 

Pero estos días ha surgido un cuarto punto de inflexión… Con Sánchez nunca se acaban los puntos…

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