Entender a Pedro Sánchez es tarea complicada. Quiero pensar que lo es incluso empezando por él mismo. Son tantas las rectificaciones, mentiras, cambios de opinión y contradicciones que gasta, que es imposible que un ser humano -él, por ejemplo- pueda conseguir ese estado que tanto buscaron los estoicos y epicúreos, y que se conoce por el nombre de ataraxia. Ataraxia es un estado de tranquilidad y completa imperturbabilidad del ánimo, y tal y como las cosas están, y viendo las reacciones de Sánchez, el presidente esté lejos de conseguir ese punto de sosiego. Es imposible, por muy insensible que sea, que no esté inquieto por lo que está sucediendo en Ceuta. Imposible que no note en sus carnes que es un político sin crédito. Imposible que no sepa que el sanchismo ha empezado a soltar amarras en busca de otros espacios. Ya solo dispone de los dos óscares -Puente y López- que hacen de cancerberos para que los zarpazos de la actualidad y la realidad no afecten al presidente más desleal de la democracia. ¿A quién no ha engañado este hombre? ¿Quién a su alrededor no ha sentido los nervios que trae el desprecio y el olvido cuando el one, el puto amo, los utiliza con los suyos?
Los hay, las hay, que aguantan este tiempo crepuscular porque no hay más remedio. Y porque acaso el sanchismo ha sido y es un callejón sin salida. Dicen estar confundidos con lo que sucede, con las reacciones de Sánchez, pero que ya no hay nada que hacer que no sea emular a don Tancredo, aquel temerario señor que subido a un pedestal, y como si fuera una estatua, se quedaba quieto frente a un toro bravo. Aquello de Tancredo era parte de un espectáculo cómico-taurino, y esto que vivimos tiene en sus exageraciones algunas penosas semejanzas. Son algunos ministros, pocos, y cargos de la administración y diputados que piden silencio al periodista antes de calificar lo que el resto de españoles no entiende desde hace 54 días: la invasión de Ceuta, España y Europa. De entre todos, el silencio más atronador, y perdonen el oxímoron, es el de Luis Planas, ministro de Agricultura y abonado a la regla conventual. Quizá ese mutismo esconde lo que sabe en este momento de Marruecos. O de las relaciones de Marruecos con Sánchez. O lo que los marroquíes saben de nuestro presidente.
Planas es un hombre que desde el minuto uno mereció un ministerio de Estado, pero el que manda lo colocó en Agricultura, entre subvenciones, tractoradas y la Política Agraria Común. Fue embajador en Rabat entre 2004 y 2010, seis años. Con esa carrera, con esa experiencia y los contactos que se le suponen después de más de un lustro en la corte alauita, cabe preguntarse por qué calla Planas.
No lo sé. Me gustaría saberlo para no tener que especular. Guarda silencio en este momento porque nadie lo rompe sin permiso de Sánchez, y porque pertenece a un Gobierno que preside un tipo que…


