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Cositas raras a la derecha de la derecha

Quien crea que las elecciones generales, se celebren cuando se celebren, serán para la derecha un plácido día de picnic, y quien dé por hecho que los 200 escaños sumados entre PP y Vox están asegurados de antemano, incurre en el más absurdo de los cálculos mentales. La derecha ya cometió en 2023 el error de sostener aquello de “esto está hecho” y de pronosticar que a un sanchismo terminal sólo faltaba fabricarle el epitafio. “Hará lo que sea para continuar… No olvidemos lo que ocurrió en 2023”, advirtió el fin de semana pasado el líder de Vox, Santiago Abascal, en Vozpópuli. En el PP, quizás prematuramente eufórico, hay quien no ha interiorizado aún las decepciones sucesivas en las urnas de Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía.

Al PP y a Vox, que al fin han superado el punto de congelación y de desentendimiento absoluto -solo han tardado ocho años de pérdida de tiempo, recursos y energías-, la soberbia electoral y el engreimiento preventivo nunca les fueron demasiado bien. Al revés. Por eso no les conviene ser reduccionistas en esta espera tan ansiosa y agónica hacia las urnas. El temor que ambos partidos puedan tener a una reacción atípica del sanchismo está más que justificada. Los escrúpulos de Pedro Sánchez son como el agua, incoloros, inodoros e insípidos, y eso es lo que tiene la amoralidad en el poder. Pero cualquier eventual convulsión electoral puede no residir únicamente en los pucherazos encubiertos de nietos ficticios, o en el ensayo de incendios callejeros con la manipulación política de una anciana para medir la capacidad de la izquierda para movilizarse. No son solo los vientos desde la izquierda… No. A la derecha de la derecha están ocurriendo cositas raras, muy raras.

El sanchismo ha encontrado en las vendettas y en los odios irreconciliables de la derecha el abono necesario para intentar fragmentar el voto, y que miles de ellos se conviertan en inservibles. Ha encontrado ese abono en el partido de Alvise Pérez, Se Acabó la Fiesta (SALF); lo ha encontrado en Iustitia Europa, un partido cuyo líder, Luis María Pardo, está ávido de micrófonos y cámaras, y es utilizado sin rubor por la izquierda mediática para que logre fraguar y fragmentar el voto en Madrid; y lo ha encontrado en Iván Espinosa de los Monteros, un tipo carismático e inteligente que, por elegancia o por lo que sea -nunca ha querido explicarlo en serio-, se sintió traicionado en Vox y, aunque no ha optado por fundar ningún partido, la política es su metadona. Dice no querer liderar nada y niega que su fundación, Atenea, sea el germen de una formación política. La presenta como una suerte de ‘think tank’ aportador de ideas útiles al debate público y bla bla bla. Pero anda loco por el tema, como a su vez lo busca con ahínco la conservadora liberal Miriam González, reputada jurista y esposa de Nick Clegg. Se les transparenta la política en las venas, la ambición en la mirada, el…

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