Sería falso afirmar que lo ocurrido en Ceuta no ha producido un fuerte impacto emocional en la conciencia de los españoles, pero conviene matizar. El futuro de Ceuta, como el de Melilla, se la trae al pairo a esos millones de votantes que siguen férreamente asidos a los faldones del populismo de extrema izquierda que encarna Pedro Sánchez, sus socios de Sumar y sus apoyos separatistas. Sí le importa a ese centro derecha que hoy constituye, a tenor de las encuestas y como ocurre en gran parte de los países de la UE, la mayoría de la población española. Pero frente a la distinción clásica entre izquierda y derecha, hay una clase cuyo silencio sigue retumbando 60 días después de la invasión de la ciudad autónoma. Es la que forman los ricos españoles. Es el silencio de nuestra elite empresarial y financiera. Nadie puede dudar ya que si Sánchez volviera a ganar en el 27, la España que hemos conocido, la que conocieron nuestros padres y abuelos, desaparecería para siempre por el vertedero de esa Confederación de Republiquetas Socialistas Ibéricas que persigue el bellaco para apalancarse sine die en el poder. A nadie se le oculta que la nación se encuentra hoy en un punto crítico, y que España va a vivir los que probablemente sean los 10 meses más importantes de su historia reciente. Pero empresarios y banqueros siguen callados, haciendo negocios, ganando dinero como nunca la mayor parte de ellos. Siguen escondidos, como reclamando que nadie se fije en ellos, que nadie les señale con el dedo, que nadie ponga en evidencia esa responsabilidad suya no asumida.
Podemos coincidir en que la gravedad del momento no es un drama exclusivo de España. Francia, Alemania, Gran Bretaña, entre otros, son ejemplo de países importantes sumidos en crisis que parecen terminales, una situación que tiene mucho que ver con la pavorosa devaluación de las elites políticas ocurrida en Europa de las últimas décadas. Nuestro vecino del norte, por ejemplo, tiene problemas de enorme gravedad, condenado como parece a sufrir una crisis de deuda a corto plazo que podría poner en jaque al euro y provocar incluso un enfrentamiento civil. Pero, a diferencia de España, en Francia sigue habiendo una elite muy consciente de la gravedad del momento que vive el país, una elite intelectual de honda tradición, algo de lo que carece España, que denuncia las miserias de unos políticos incapaces de hallar una salida al atolladero galo, y una elite empresarial potente que también se revela contra lo que está ocurriendo. Tomemos el caso del hombre más rico de Francia, Bernard Arnault, presidente y director ejecutivo del conglomerado de lujo LVMH (Moët Hennessy, Louis Vuitton, etc.) con una fortuna estimada en más de 120.000 millones de euros. Arnault no vive escondido en su torre de marfil, sino que se muestra dispuesto a poner en evidencia la iniquidad de unos políticos acostumbrados a mirarse el ombligo, siempre prestos para el asalto al poder (¡cerca de una decena de candidatos al Eliseo en las…


