El viaje de los sin nombre ANTONIO PAMPLIEGA (El Independiente)

Tac…Tac…Tac… Las olas golpean con desidia la embarcación de goma que navega sin un rumbo fijo. Una brújula rota apunta a ninguna parte. La inmensidad del mar Mediterráneo acongoja. La oscuridad lo engulle todo, incluidos los gritos de angustia. Gritos, al final, de silencio, porque no hay nadie para escucharlos. El frío de la noche cala los huesos hasta conseguir que los dientes castañeteen. El miedo se huele; y su hedor se mezcla con el de la desesperación y la incertidumbre. La muerte observa la estampa desde una esquina, con una sonrisa irónica… No hay estrella de Oriente guiándoles en su camino hacia Europa. La única luz… la de sus teléfonos móviles. Insuficiente para alumbrar más allá de un palmo. Navegan hacia una muerte segura, aunque prefieren morir ahogados en el Mediterráneo a hacerlo en una cárcel libia. Al menos, en el mar tienen una oportunidad.

Muchos tienen sus historias escritas en la piel en forma de cicatrices. Historias de violencia, malos tratos, violaciones y muerte. Libia es el infierno y de allí huyen. “En las cárceles pueden hacerte todo lo que quieran. Somos negros. No tenemos posibilidad de elegir”, comenta Richmond, un veinteañero procedente de Ghana. “Nunca he confesado la verdad a mi familia para que no se preocupasen por mi… pero me han arrestado, me han torturado, han traficado conmigo y, todo esto, en Libia”, confiesa un médico sudanés que lo único que quería era un sitio tranquilo para poder vivir en paz.

134 almas en pena flotan a la deriva en mitad de la nada más absoluta. Llevan cinco horas subidos sobre una balsa de goma que se asemeja más a un ataúd flotante que a una suerte de embarcación. Salieron de la ciudad libia de Sabratah, el día de Navidad. Por la noche. La noche siempre oculta aquello que no debe verse, aquello que debe permanecer oculto y entre sombras. “Nos prometieron que el bote era seguro, las condiciones del mar eran buenas para navegar y que no nos hundiríamos… Nos dijeron que nos enviaban en la dirección correcta. Pero una vez en la playa comenzaron a gritarnos y a golpearnos con palos de madera para que embarcásemos lo más rápido posible”, denuncia Solman, quien viaja junto a su mujer y sus tres hijos. La familia unida permanece unida, incluso en la muerte.

En el boto viajan 36 menores; 24 de ellos, solos

La voracidad del mar no distingue de nacionalidades, credos, color de piel o edad. En 2017 más de 400 menores se dejaron la vida tratando de alcanzar las costas europeas desde Libia. La ruta más mortífera para llegar al viejo continente también lo es para los más pequeños. En el bote viajan 36 menores de edad (24 de ellos no acompañados). Imán se aferra a su anillo mágico, de color rosa. Es lo único que ha podido llevar consigo en su huida. Nació en Libia hace 12 años pero sus padres son de origen paquistaní. “En Libia no se puede vivir. Hay hombres con armas por todas partes. Disparos. Varios hombres extorsionaban a mi padre. Iban a su tienda y le pedían dinero. A los libios no les gustamos. Así que mi padre nos dijo que nos íbamos…”, confiesa la pequeña.

La niña tiene miedo. El agua ha comenzado a entrar en el bote. Apesta a gasolina por todas partes. Los traficantes les prometieron que en menos de cinco horas estarían en Italia… Llevan más de cuatro en el agua y no hay tierra a la vista. Pero la realidad es que con este bote se tardaría más de una semana en alcanzar la costa italiana. “Si hubiese sabido que el viaje era tan peligroso jamás hubiese venido”, afirma Imán, quien lo único que quiere es volver al colegio a seguir aprendiendo y, aunque pueda sorprender, no piensa en el futuro. “¿Planes? ¿Qué planes?” Como todos los niños, sueña. “Quiero ser médico para poder ayudar a la gente”, sentencia la pequeña.

Hay quienes, temiéndose lo peor, han escrito, en sus ropajes, a bolígrafo, el teléfono de sus seres queridos. No quieren ser un muerto anónimo más. No quieren ser un simple número en una lista que, sólo en 2017, tiene más de 2.833 anotaciones. Muertos sin nombre. Muertos sin identidad. Muertos, al fin y al cabo, que no importan. Y es que, incluso en la muerte, en occidente somos afortunados. Aquí morimos con nombre y apellidos. El nombre de estos migrantes sin nombre sólo será pronunciado y recordado por sus familias, a miles de kilómetros de distancia.

Son las cuatro y media de la mañana. Un haz de luz recorre la patera de popa a proa. Ojos negros, como la noche, miran fijamente el foco. Silencio. Un silencio que da miedo. Caras de terror y pánico. “¿Libios? ¿Libia?”, murmura alguien. Muchos se temen lo peor. Volver atrás. Empezar de cero. “Este es mi tercer viaje. En los dos anteriores los libios nos obligaron a volver… y en el segundo comenzaron a disparar al pasaje. De 140 personas sólo sobrevivimos 20”, confiesa un sudanés que aprieta los dientes.

“Welcome to Europe (Bienvenidos a Europa)”, grita Maximiliano Perinetti, socorrista de la ONG española ProActiva Open Arms, desde la proa de una de las embarcaciones de rescate. Los rostros se relajan. Suspiros. Sonrisas. Algún aplauso tímido pero sobre todo “thank you, thank you” (gracias, gracias, en inglés). Han esquivado la muerte… por lo menos esta noche.

Libia. La ruta hacia Europa
Desde el derrocamiento de Muamar el Gadafi, en octubre de 2011, Libia se ha convertido en un vergel para los traficantes de seres humanos. El país africano reúne las condiciones propicias para que este negocio -que en 2015 dio un rédito de 4.000 millones de euros, según Frontex- esté en alza: un gobierno débil e inestable; facciones tribales que luchan por el poder; presencia de grupos afines al autoproclamado Estado Islámico…

A este cóctel, ya de por sí jugoso para las mafias, hay que añadir el acuerdo firmado hace justo un año entre la Unión Europea (UE) y Turquía, por el que todos los migrantes y refugiados que lleguen a Grecia serán devueltos al país otomano. Esto ha convertido la ruta Libia-Italia en una de las pocas vías viables que tienen los migrantes para alcanzar suelo europeo.

En Libia hay entre 700.000 y un millón de personas listas para cruzar a Europa

Este trayecto, de apenas 300 kilómetros, es el más peligroso y mortífero de cuantos llevan al viejo continente. Las muertes han aumentado un 36% en el último año, pero ni siquiera esto frena el flujo. En 2015, 154.000 personas cruzaron el Mediterráneo Central desde Libia, mientras que en 2016 la cifra ascendió a 181.436. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en los dos primeros meses de 2017 el número se ha elevado un 40% respecto a años anteriores. Y advierte que en Libia hay entre 700.000 y un millón de personas esperando para cruzar. Mientras que el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) advierte que hay 1 entre 23 posibilidades de morir tratando de cruzar el Mediterráneo Central.

Por su parte, la UE ha anunciado su intención de prorrogar un año la Operación Sophia, que tiene como objetivo acabar con el tráfico de personas en el Mediterráneo y formar a la guardia costera libia, mejorando su operatividad y su implicación en la lucha contra la inmigración.

Los ángeles del Mediterráneo
El Mediterráneo Central se ha convertido en una enorme fosa común que parece no tener fondo. Cada año la cifra de muertos supera al anterior. Los traficantes de personas son inmunes a los números y continúan lanzando al agua a cientos de miles de seres humanos. Los dejan flotando a su suerte. “La experiencia trabajando aquí es muy emocional. El corazón se te rompe mil veces, pero mil veces debes recomponértelo. Somos la primera línea de resistencia. Estamos aquí luchando por la dignidad del ser humano”, afirma Marco Antonio Martínez, capitán del Open Arms. Durante su primer rescate se le saltaron las lágrimas y estuvo unos segundos en shock. “Llevo 13 años en la mar. Y como marino jamás me subiría a una patera -como las que usan los migrantes- salvo si mi vida depende de ello. No es un artefacto ideado para navegar”.

Un muerto más, un problema menos para Europa”, dice la jefa de la misión 37 de ProActiva Open Arms

ProActiva Open Arms lleva un año siendo la primera línea de defensa de una Europa que ha decidido mantenerse indiferente al drama humano que se vive en sus costas. 12 meses. 365 días. 37 misiones para salvar un total de 25.145 vidas a la deriva. “Sino estuviéramos aquí, muchísima más gente habría muerto. Gente que moriría gritando en silencio. Nosotros estamos aquí para dar voz a esa tragedia. Un muerto más, un problema menos para Europa”, afirma Anabel Montes, jefa de la misión número 37 de la oenegé española.

En 2016, en Afganistán se contabilizaron 3.498 muertos por la violencia que asola el país desde hace casi cuatro décadas; en el Mediterráneo Central fueron 4.581 los que se dejaron la vida tratando de alcanzar las costas europeas. “Esto es una guerra silenciosa. No hay bombardeos, ni atentados… Es una muerte más lenta… Los traficantes lanzan a los migrantes a la muerte”.

Pero los migrantes, antes de embarcarse, deben superar el infierno libio. “Los que rescatamos vienen con lesiones provocadas por malos tratos, heridas de bala, violaciones (mujeres y hombres, aunque en el caso de los varones sea tabú), embarazos fruto de las violaciones, quemaduras químicas por la mezcla de agua salada y combustible, problemas psicológicos… A veces requieren más una muestra de cariño que una cura médica. La parte emocional es muy importante y muchos requieren apoyo. Un simple ‘¿cómo estás?’ marca la diferencia. Libia es el infierno. Muchos prefieren morir en el agua que regresar a las cárceles del país africano”, sentencia tajante Marta Serralde, enfermera en el Open Arms y con siete misiones a sus espaldas. “Ojalá no tuviéramos que estar… Porque eso significaría que nadie más arriesga su vida tratando de llegar a Europa”.

Hambrunas. Guerras. Dictaduras. Persecuciones por motivos religiosos, étnicos o sexuales. ¿Quién no querría una vida mejor? Europa ha decido levantar muros y extender alambradas porque alguien ha decidido que los diferentes, los que huyen, ya no tienen cabida entre nosotros. “Su sueño es poder mejorar sus vidas, huyen del hambre, de la guerra, de las barbaridades a los que los someten durante el viaje. Y la diferencia entre nosotros y un chico nacido en Níger es que nosotros somos blancos y tenemos papeles… Nadie se quiere ir del lugar en el que ha nacido”, sentencia Michele Angioni, primer oficial de puente, y uno de los más veteranos a bordo con más de 20 misiones en el Mediterráneo Central a sus espaldas.

Mauro. Esther. Diego. Igone. Josemi. Alba. Héctor. David. Siscu. Carlos. Richi. Se han convertido en la resistencia. Ellos luchan por la dignidad del ser humano y para que ninguna muerte sea silenciada.

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